Extremadura ha perdido 20.000 hectáreas de viñedo en los últimos años y el consumo de vino en España cae un 7,3%, hasta los 9 millones de hectolitros
El sector advierte de que el cambio en los hábitos de consumo, la pérdida del consumidor tradicional y la creciente preocupación por los estilos de vida saludables están provocando una transformación histórica del mercado
El sector vitivinícola afronta una de las situaciones más complejas de las últimas décadas ante el descenso continuado del consumo de vino en España. Según los datos de la Organización Interprofesional del Vino de España (OIVE), el consumo ha caído un 7,3% en lo que va de año, hasta situarse en torno a los 9 millones de hectolitros, una evolución que tiene un reflejo especialmente preocupante en las zonas productoras.
En Extremadura, la situación se traduce en la pérdida de alrededor de 20.000 hectáreas de viñedo en los últimos años, una reducción que pone de manifiesto la dimensión estructural de un problema que afecta a agricultores, cooperativas, bodegas y al conjunto de la cadena de valor del sector.
La presidenta en funciones de la DO Ribera del Guadiana, Mª Luisa Regaña, advierte de la profundidad de la crisis y subraya que el sector se encuentra ante una situación excepcional.
“Estamos a unos niveles de consumo que nos tenemos que remontar a hace 70 años. Desde 2017 la caída ha sido exponencial.”
Para Regaña, los datos actuales reflejan mucho más que una fluctuación puntual del mercado. Se trata de un cambio profundo en los hábitos de consumo que obliga al sector a replantear estrategias, productos y formas de acercarse a los consumidores.
Una caída especialmente grave en los vinos tintos y rosados
El descenso del consumo no está afectando por igual a todas las categorías. Los vinos tintos y rosados registran una caída del 13%, mientras que los blancos están mostrando una mayor capacidad de resistencia.
Esta evolución está directamente relacionada con el cambio de preferencias del consumidor. El mercado demanda cada vez más vinos frescos, ligeros, con menor graduación alcohólica y mayor acidez, características que están ganando peso especialmente entre determinados perfiles de consumidores y en los mercados internacionales.
Desde el sector extremeño se considera que la adaptación a estas nuevas demandas es imprescindible para mantener la competitividad y abrir nuevas oportunidades comerciales.
Javier García, de Viñaoliva, destaca que las bodegas extremeñas ya están modificando sus elaboraciones para responder a este cambio de preferencias.
“Ya estamos adaptando el producto a un consumidor que demanda vinos blancos con menos grado y más acidez. El mercado está pidiendo un vino de 11 grados y tenemos que ser capaces de responder a esa demanda.”
El mercado alemán es, en este sentido, un ejemplo de las nuevas tendencias que están condicionando la producción.
“Nos hemos adaptado a un vino de 11º que pide el mercado alemán”, señala García.
El sector apuesta por nuevas variedades para responder al nuevo consumidor
La adaptación del sector no se limita a los procesos de elaboración. También se está produciendo una evolución en las variedades utilizadas para conseguir vinos que respondan mejor a las nuevas demandas.
La presidenta en funciones de la DO Ribera del Guadiana destaca la incorporación de variedades procedentes de Portugal que pueden contribuir a mejorar la acidez y aportar mayor frescura a los vinos extremeños.
“En los últimos años se han incorporado variedades de Portugal que pueden mejorar la acidez de nuestros vinos para que sean más frescos.”
Esta evolución supone una oportunidad para que el sector extremeño combine innovación y tradición, aprovechando su capacidad productiva y su diversidad varietal para desarrollar vinos capaces de competir en un mercado cada vez más globalizado.
El principal reto: recuperar al consumidor joven
Más allá de los cambios en el producto, el sector identifica un problema de fondo: el vino está perdiendo presencia entre las nuevas generaciones.
Los hábitos de consumo han cambiado y el vino ya no ocupa el mismo espacio que tradicionalmente tenía en la alimentación y en las relaciones sociales. La apuesta de los jóvenes por estilos de vida saludables, junto con una menor presencia de bebidas alcohólicas en sus hábitos cotidianos, está modificando la estructura de la demanda.
Javier García señala directamente este cambio generacional como uno de los principales desafíos:
“El problema es la vida saludable en los jóvenes. En su dieta no entra el vino.”
A esta realidad se suma la progresiva desaparición del consumidor tradicional de vino tinto, asociado a las generaciones de mayor edad.
“Se ha perdido un consumidor de tinto, el mayor, y era muy importante.”
Para el sector, esta transformación supone un desafío de enorme dimensión: no basta con producir un vino adaptado a las nuevas tendencias; es necesario volver a conectar el producto con una nueva generación de consumidores.
Menos consumo, menos viñedo y mayor presión sobre el campo
La evolución del consumo tiene una consecuencia directa sobre el territorio. La pérdida de 20.000 hectáreas de viñedo en Extremadura evidencia que la crisis del consumo está trasladándose al campo y afecta a la capacidad de mantener explotaciones y actividad económica vinculada a la viticultura.
El viñedo constituye una actividad estratégica para numerosas zonas rurales extremeñas y contribuye al mantenimiento de empleo, actividad económica y población en el territorio.
Por ello, el sector considera necesario abordar el problema desde una perspectiva global, teniendo en cuenta tanto la situación del mercado como las consecuencias que la reducción de la demanda tiene sobre agricultores y productores.
Internacionalización y adaptación, claves para el futuro
Ante la debilidad del consumo nacional, la apertura y consolidación de mercados internacionales adquieren una importancia creciente para las bodegas extremeñas.
La experiencia de mercados como Alemania demuestra que existen consumidores que demandan perfiles diferentes y que la capacidad de adaptación puede convertirse en una ventaja competitiva para el sector.
La elaboración de vinos con menor graduación, mayor frescura y acidez, junto con la incorporación de nuevas variedades, forma parte de una estrategia que busca responder a un consumidor diferente sin renunciar a la identidad de los vinos de Extremadura.
El sector entiende que el futuro pasa por innovar, diversificar, internacionalizar y recuperar la conexión con las nuevas generaciones.
Una transformación histórica que exige una respuesta de futuro
Los datos ponen de manifiesto la magnitud del desafío. Una caída del 7,3% del consumo nacional, hasta los 9 millones de hectolitros, se suma a una tendencia descendente que se viene intensificando desde 2017.
En Extremadura, la pérdida de 20.000 hectáreas de viñedo añade una dimensión territorial y económica a un problema que ya no puede considerarse coyuntural.
La presidenta en funciones de la DO Ribera del Guadiana resume la situación con una advertencia que refleja el alcance de la transformación que vive el sector:
“Tenemos que remontarnos 70 años para encontrar unos niveles de consumo como los actuales.”
El sector vitivinícola extremeño afronta así un doble desafío: frenar el deterioro de la actividad productiva y, al mismo tiempo, conquistar a un consumidor que ya no responde a los mismos patrones de consumo de generaciones anteriores.
La respuesta pasa por adaptar el producto, explorar nuevos mercados y variedades y, sobre todo, encontrar nuevas formas de acercar el vino a las generaciones más jóvenes.
Porque el futuro del viñedo extremeño depende, en buena medida, de que el sector sea capaz de convertir el actual cambio de hábitos en una oportunidad de transformación y de renovación.
El mensaje del sector es claro: el vino no puede seguir esperando al consumidor de ayer. Tiene que conquistar al consumidor de mañana.



